no lo he podido evitar

NO LO HE PODIDO EVITAR
vol.36. Por Mr.Mandril@hotmail.com

Lo siento de corazón , de veras, pero no lo he podido evitar, Fernando nos da una de cal y una de arena pero cuando nos da la cal orgasmeo un poco..

Por lo menos, su voz se oye y dice lo que todos pensamos, aunque a la siguiente semana le parezca fantástico exactamente lo mismo que criticó. Viene al caso también de otro columnista afín, Juan Manuel de Prada que últimamente me deja con la boca abierta, es como si me quitara las palabras de la boca, así que los posteo, pego, enlazo, nombro, me hago eco...

Aunque parezca una tontería me hace sentir bien;
Y sí, claro que hay verdaderas aberraciones en esta nuestra santísima cuidad, pero me cansan tanto ... siempre los mismos y las mismas, de la misma manera... tanta cutrez..tan provinciana, que últimamente no le veo sentido a hablar de ello, tampoco creo que tenga público, con lo cual pego esto únicamente por que no lo puedo evitar.

Nada mas, un saludo y ahí os dejo esta perla del verdadero periodismo crítico, ( en contra de los que lastimosamente oigo por ahí) , esto es periodismo y no lamerle el culo a los de siempre.

Un saludo ser felices y podios apagad las luces antiniebla.


Del «Pop» al «Freak», la estética de lo grotesco
Arte Por Fernando Castro Flórez.
Publicado en el abc de las artes y las letras
03 de mayo de 2008 - número: 848

Jeremy Pasman, un reputado presentador de la BBC, manda una carta a un fabricante de calzoncillos haciéndole saber que sus productos ya no sujetan bien los honorables testículos de los leales servidores del Imperio Británico. Un cura brasileño inicia un viaje aéreo suspendido de unos globos de helio, portando un teléfono móvil y un GPS para horas después, bastante angustiado, preguntar cómo se enciende ese aparatejo que, en principio, tendría que haberle guiado en su proeza.

Rodolfo Chiquiliquatre es entrevistado, una y otra vez, por presentadores que parecen abducidos por un montaje que, para más inri, tiene copyright de otra cadena o, para ser más preciso, es un producto de la factoría Buenafuente en la que hace unas noches contemplé estupefacto cómo aparecían dos jóvenes que declararon estar en paro y enganchados al walkie-talkie; su patología consistía en que no hablaban sino por esos chismes y se dedicaban, a la manera de Torrente, aquel funesto «héroe» de la cutrez, a la infinita tarea de «apatrullar» la ciudad.

Unas prótesis cibernéticas. Para añadir barroquismo a la cosa respondían a los nombres de «Mamut» y «Bocadillo». Steve Mann lleva, según apunta Virilio, más de treinta años sin quitarse unos auriculares tipo casco conectados a unas lentes (equipadas con varios láser y microcámaras de vídeo), lleva media docena de minicomputadoras sujetas a su cuerpo con correas, lo que le permite registrar, interpretar y aumentar sus experiencias cotidianas pero también, según pretende, luchar contra la invasión de una «tecnología totalitaria» en nuestra existencia. El 12 de Septiembre del 2001, de regreso a Toronto, el personal de seguridad aeroportuario le desconectó brutalmente todos esas prótesis cibernéticas, arrancándole sin contemplaciones los electrodos de la piel y destrozando gran parte del equipo; tuvo que volar días después en silla de ruedas, convertido, por obra y gracia del big brother estatal, en un handicapé. El freakismo, inconsciente o deliberado, hace estragos y, aunque podría parecer una epidemia, en realidad es una estrategia coherente para una época en la que no hay nada que decir: lo único que importa es mantener el buen rollo y abastecer el mercado con anécdotas narcóticas.

Freaks [La parada de los monstruos] (1931) de Tod Browning es una suerte de «Antiguo Testamento» de la feria desconcertante en la que nosotros estamos, literalmente, empantanados. Los microcéfalos, los enanos cabezudos, las siamesas, un hombre sin brazos ni piernas que se arrastraba como un gusano, un «torso humano» con corría con las manos, un hombre esqueleto, venían a sugerir que lo aberrante estaba por todas partes: Et in Arcadia freak.

Rara diversión. La consecuencia de esas devastadoras imágenes no era, a la manera barroca, la melancolía ni se pretendía alegorizar nada, antes al contrario, el horror inoculado fílmicamente reducía nuestra capacidad para reaccionar en la vida real al mismo tiempo que posibilitaba una rara «diversión». A Diane Arbus le fascinó la realidad de lo monstruoso y, con sus tremendas fotografías, abrió el cauce para una nueva estética de lo grotesco en la que arrojaron sus semillas artistas como Joel-Peter Witkin. La monstruomanía y la extravagancia conquistaron el imaginario popular, haciendo «soportable» lo terrible. Si el circo es un anacronismo con sus animales anestesiados y los prodigios más tristes, el espectáculo incansable de los mass-media ofrece, en prime time, la masacre, la lesión deportiva y la estadística pre-electoral consiguiendo una suerte de efecto hipnótico semejante al de una pecera.

«El freak -señala lúcidamente David J. Skal en Monster Show (Ed. Valdemar, 2008)- cambia cada vez que miramos, violando nuestro concepto más arraigado de la forma humana y sus límites naturales. El carrusel gira lenta pero constantemente; si uno lo observa durante tiempo suficiente, los monstruos acaban por difuminarse entre sí». Nuestros miedos ya no tienen que ver con Drácula, Frankenstein o el doctor Jekyll y Mr. Hyde.

Y, sin embargo, también nos va la estética macabra e incluso hemos convertido en moda prêt-à-porter el goticismo. Jean Clair ha clamado contra un arte, autocalificado como abyecto, que pone en escena su propio abandono, llegando hasta el aflojamiento de los esfínteres. Recordemos que el Turner Prize recayó en una obra de Tracey Emin que consistía en su propia cama cubierta de condones usados, de pruebas de embarazo, de ropa interior sucia y de botellas de vodka, por supuesto, marcada por el orín y otros rastros repugnantes. Arte deprimente que quiere mostrar, de forma perogrullesca, la depresión, escatología inequívocamente decorativa ante la que el curator y el coleccionista llegan a realizar patéticas genuflexiones. No podemos aceptar que Mengele adquiera una dimensión «profética», pero las operaciones de cirugía plástica de Orlan o la demencia cyborg de Stelarc al implantarse una oreja en el brazo, confirman que el freakismo es una enfermedad para la que aún no tenemos antídoto.

La cultura del «Casting». La televisión ha impuesto una vomitiva cultura del casting: se buscan bailarines torpones, profesionales del karaoke, incluso completos inútiles que serán adiestrados en las oportunas «academias» de acuerdo con las tácticas melodramáticas. Porque finalmente lo único que hay que hacer es llorar cuando llama un familiar, soportar los insultos «disciplinarios» y pactados del Risto Mejide de turno y saltar como loco cuando llega el premio que consiste en prolongar el «secuestro catódico» hasta que el telón del olvido definitivo (rápido e implacable por cierto) cae sobre la idiotez escénica. Consentimos toda clase de cretinadas porque padecemos una nueva forma de la histeria caracterizada por el deseo enfermizo de hacernos los simpáticos. Regis Debray ha señalado, en El estado seductor (Ed. Manantial, 1995), que cada cual se museografía en vida; lo frívolo tiene los medios de monumentalizarse y, aunque el tiempo mediático se devora a sí mismo, algunas cosas demenciales mantienen una suerte de existencia zombie. Thriller de Michael Jackson es algo más que un «clásico», se trata de un diagnóstico de toda la debacle que hemos vivido.

Es uno de los nuestros. Tomas Schmit realizó, a mediados de los años sesenta, una performance, titulada Zyklus, en la que el contenido de una botella de Coca-Cola llena fue vertido lenta y cuidadosamente en otra vacía y viceversa, hasta que (debido al leve derrame y la evaporación) no quedó líquido alguno. Ese proceso, según cuenta Allan Kaprow en La educación del des-artista (Ed. Ardora, 2007), duró seis horas. Susan Sontag señaló que los freaks son un fenómeno propio de los sesenta que avanzaba la vida como espectáculo de horror en oposición a la vida como aburrimiento. Ahora esos dos aspectos son solidarios.

Mi buen amigo Tomás Ruiz me hizo llegar el verano pasado una noticia crucial: «un artista enano ingresa hospitalizado con el pene pegado a una aspiradora». Resulta que Daniel Blackner, apodado «Capitán Dan, el enano demoníaco», integrante del Circo del Horror, quería recorrer el escenario con su miembro introducido dentro de un tubo de aspiradora pero al calcular mal el tiempo de secado del pegamento pasó, literalmente, las de Caín. Declaró, tras salir de ese atolladero para-sexual, que fue «el momento más molesto de mi vida. [...] Felizmente, se ocuparon de mí rápidamente y la molestia fue de corta duración».

Me temo que, entregados como estamos a la amnesia, asistiremos a algún remake de esta proeza. Una de las escenas más aterradoras de La parada de los monstruos es aquella en la que los freaks despiadados transforman a Olga Baclanova en un ser mutilado con apariencia de pájaro y pronuncian, como el coro de una tragedia griega, una frase demoledora: «La aceptamos... ¡una de los nuestros!». Hoy en día eso sucede entre aplausos de familiares y fans histerizados o mientras las risas enlatadas impiden que un grito de indignación pueda escucharse.